Algunos de mis más cercanos colaboradores me aseguran que estamos viviendo momentos apasionantes en la historia de este reino. Yo lo suelo comparar con el periodo constituyente. Hace unos días lo explicó perfectamente uno de los ponentes al Congreso que asistí en una capital europea. Nos dijo cómo se habían generado los cambios constitucionales en las sociedades democráticas. Y lo cierto es que se trata siempre de movimientos que comienzan con pequeñas células que después contagian de ilusión por el cambio que proyectan al resto del cuerpo político.

Las personas se reúnen con el fin de buscar soluciones a los que le sucede o a lo que está por venir y poco a poco se formulan soluciones y acaban en una estructura organizada, a veces como nuevos partidos políticos otras como asociaciones, donde comienzan a resolver los problemas iniciales que originaron su nacimiento. Cuando la estructura crece llevan a cabo propuestas que están acordes con los planteamientos iniciales. Con el tiempo se solidifican y se hacen notar y llegan al resto de las estructuras de ese estado para quedarse. Pero el espacio de la sala es limitado y hay que desalojar a los que ocupan los sillones actuales para que se sienten los que acaban de llegar. En muchas ocasiones, demasiadas diría yo, las nuevas organizaciones y estructuras políticas las forman los mismos dirigentes que gobernaban el pasado. Han sido botados de sus antiguas formaciones políticas y buscan cobijo en otras. Traicionando el germen inicial. El chaqueterismo. Lo asombroso es que les funciona.

Opino que estamos en un cambio constituyente de hecho, aunque de derecho, aún no. Hay gran parte de la sociedad que está cansada de consumir desgracias y estas desgracias, en gran medida, están generadas por una gran carga de ignorancia ante lo que realmente acontece y que deriva en culpabilidad en los gobiernos actuales. Y cuando hablo de gobiernos, no me refiero solo a los gobernantes, sino a todo el tejido que forma la burocracia personal, a veces llamados el sequito funcionarial. Ya sean en los gobiernos locales, como los ayuntamientos o los cabildos o diputaciones o ya sean gobiernos autonómicos o estatales. Y estas desgracias no están solo identificadas en el sustrato más pobre de la sociedad, estas desgracias están instaladas en todo el tejido social. La costumbre tan arraigada de que sea otro el que barra la puerta de tu casa para que se mantenga limpia, mientras te quejas por la suciedad de la calle, se solucionaría si todos barriéramos un poco nuestra puerta. Así las calles o las arterias del sistema estarían más limpias para que el bienestar circulara. Cualquiera que haya consumido burocracia ha sufrido y sabe de lo que hablo.

Es sorprendente que quienes ostentan el poder y consumen el sillón, sudando sus posaderas, no logren advertir estas situaciones. Y si las advierten, no ponen remedio. Y todo se enmascara con la duda y el buenísimo imperante. O el tú más. Y consuman los recursos en jornadas estériles colmando las instituciones hasta el extremo de esquilmar sus recursos.

Es aberrante los datos de hecho que se dispone para valorar lo que se hace cuando se está gobernando, con el amparo de normas y leyes creadas ex profeso para adaptarlas al gusto del consumidor del poder. Y hay veces que los ciudadanos se dan cuenta y se rebelan. Y el mejor modo de hacerlo es organizarse con el fin de llegar a las instituciones y mejorar lo que se puede mejorar. Pero sin olvidar, algo obvio, al menos yo así lo pienso, y es que el tiempo te demuestra que por muy perfecta que sea la organización el tiempo se encargara de deformarla, pues todos querrán el sillón y se olvidarán de las ideas.

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