Cuando tu amigo se convierte en tu enemigo, se lleva tus secretos con él, así que honra, respeta y cultiva tu relación con aquellos que se han convertido en depositarios y custodios de tus secretos desaciertos y procura no convertirlos en tus enemigos.

Quizás tengas la suerte de que, quien así se marchó, crea y haga honor al valor de la relación que una vez les unió y, a pesar de todo, preserve tu secreto desacierto. No obstante, desconfía de quien, siendo depositario de aquellos secretos, se sienta agraviado por ti.

Hoy en día, ni siquiera el deber de secreto de configuración legal o contractual impone ya a los partícipes de una relación una obligación de silencio absoluto y cuando lo imponen, existen los medios públicos necesarios para que, a su voluntad, tu secreto deje de serlo.

Tenlo claro, tu ilegítimo interés en ocultar tus secretos desaciertos nunca se podrá hacer valer para perjudicar, por ejemplo, la capacidad de gestión, inspección y recaudación de los tributos, ocultar conductas colusorias o para acceder ilegítimamente a los recursos públicos.

Y, en lo que es ya una constante histórica, cada vez que atravesemos una crisis de la capacidad recaudatoria de la Hacienda Pública o la Seguridad Social, la posibilidad real de guardar tus secretos desaciertos será cada vez menor.

A la crisis de finales de los años setenta, se respondió con el fin del secreto bancario, a la de principios de los noventa con la regulación del tratamiento automatizado de los datos y a la que siguió al estallido de la burbuja inmobiliaria, con el programa Clemencia, la exención del deber de secreto en las operaciones que puedan amparar un blanqueo de capitales y los buzones para denuncias anónimas de la Agencia Tributaria o la Inspección de Trabajo.

Cuando termines de asimilar que quienes, siendo depositarios de tus secretos desaciertos, pueden ponerte en la picota sin exponerse y sentarse a ver cómo los poderes públicos te convierten en su desayuno empieza a prepararte para la que se avecina, porque se está proponiendo que, además, se premie a quien te delate.

En ese momento tus secretos desaciertos tendrán un valor compensatorio de los agravios que dieron lugar a tu nueva enemistad o, lo que es peor, alimentarán una suerte de mercado secundario en el que los secretos desaciertos coticen, como mínimo, por el valor de lo que paguen por ellos los poderes públicos.

Así las cosas, en el mundo que se avecina te quedarán dos opciones: hacer las cosas bien o, si no las haces tan bien como debieras, procurar que tus secretos sean exclusivamente tuyos. Tus amigos de hoy pueden ser tus agraviados de mañana o pasar tanta necesidad que tu amistad valga menos que lo que lo que Hacienda les pueda pagar.

 

UBAY FERRERA
Abogado Grupo Inurria
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