El cese, el despido, la dimisión, la renuncia, el divorcio, la abdicación. Todos son términos relacionados con el adiós,  con el final. Nada dura para siempre y todo tiene una fecha de caducidad. Hasta el café de la mañana se enfría por muy caliente que lo sirvan, todo es cuestión de tiempo”.

Así inicié un criterio hace ya seis meses y que, por caprichos del destino, no se publicó donde procedía.  Aquel lugar donde se acordó. Donde se pactó. Donde la palabra bastaba para abrir o cerrar fortalezas, sin necesidad de nada más. Eran otros tiempos. Tiempos de nobles.  Tiempos de honor.  Tiempos de  respeto. Tiempos de   lealtad.  Como llevan tatuados en el alma los que por los pies se visten.  Tiempos  donde la palabra dada era  palabra firmada.

Pero hoy se han perdido las formas, la nobleza, la palabra, el mirarte a los ojos y decirte lo que piensas y si me gustas o no.  Si te quiero o no. Hoy son tiempos de falsos, de traiciones y de cobardes. Hoy manda el dedo. El dedo para el WhatsApp. El dedo para el correo. Y el dedo para usarlo como a mi me de la real gana, que para eso estamos en un reino.

Así las cosas, las formas  para poner  punto y final de todas las acepciones que lo abrigan son  muy diversas y las alternativas para acabar y poner punto y final  también. No cabe duda de que los actos del fin resultan de trascendental importancia. No solo los actos, también las formas y sus consecuencias –que las tiene– y  por ley natural, no humana.

Cuando se retira un rey se llama abdicación. Cuando se retira un equipo de fútbol se llama eliminación. Cuando se elimina a un trabajador se llama despido. Cuando se deja un cargo político se llama renuncia y/o dimisión. Cuando se elimina el matrimonio se llama divorcio. Cuando se elimina un cargo de confianza se llama cese. Cuando se bota a alguien de la casa de llama echar. Cuando se elimina un nasciturus se llama aborto.

Sobre las  formas –sobre todo las de dar patadas, las de botar–  no hay nada escrito.  Pero hasta para eso hay que tener estilo. Cuando se pierde la confianza,  se  suele simular como…  falta de  rendimiento o…  falta del fin para que fuiste contratado…. ¡Ojo!… Ha finalizado   la causa por la que fuiste contratado o tocado por ese dedo divino de estar donde al final te pagan.

Y si no tienes amiguetes,  el efecto inmediato es el cese o el despido. Y no pasa nada. Así debe ser.  Y así ha sido. Y magnífico  ese sube y baja.  Ese hoy estas  y mañana no. Pero lo que no  se entiende es que  justo cuando  el delantero estaba metiendo más goles el entrenador lo siente en el banquillo y el presidente lo cese. ¿Cómo puede ser eso? ¿Qué ha pasado? Estas preguntas se las aclaré un día en el “Mencey” a  un gran amigo, cuando  le dije:

“Si con unos andamios carcomidos le construyes un palacio a un príncipe sin ser rey,  éste se quedara con los andamios y mandará a destruir el palacio y a ti”

Por eso nadie puede sacar a nadie de donde no quiere salir. Todos estos eufemismos  de los que hoy  he escrito  son gestados para hablar del fin y  de los inicios. Del quién y del cómo. Sin dejar de mencionar que con escombros se construyen castillos donde habiten nobles y más grandes que palacios de reyes sin trono.

Los finales traen otros comienzos, siempre. Por esto, por eso, y por aquello hoy inicio esta columna, criterio o como lo quieran llamar, dando las gracias a todos los que en este semestre han mostrado su apoyo a quien no calla y a quien no paga por opinar. La opinión y la voluntad es libre y yo hoy soy más libre. Y así, el Imperio de la ley –título de esta columna–, pues el tiempo es una ley inmutable que impera siempre. Por todo  hay que dar tiempo al tiempo; es la ley.

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