Avanzando en esto de lo que es hablar gratuitamente y decir lo que le plazca a quién le plazca. Ocurre que el otro día me ocurrió en Sala lo que parece viene siendo habitual en algunos foros y comportamientos, de los que huyo. No es otra cosa que la falta de respeto, esta vez en una vista. Y fue esa falta de respeto hacia el que expone –no de su señoría ilustrísima– sino del propio compañero oponente.

Ese día usó frases y calificativos que nada tienen que ver con la defensa hacia su cliente, patrocinado y/o mandante, como quiera llamarlo. No se aclaraba. Creo que lo cegó el ansia viva de creerse ganador y ante la batalla le perdió el verbo. Hasta que llegó el insulto y la descalificación. Manifestando en la salida a mi patrocinado que él tenía muchos contactos con las “señorías ilustrísimas”.

Yo ya he solicitado por escrito el CD de la vista. Y mi compañera procuradora ha aportado el CD virgen para que lo graben. Esto es, el compact disc donde se recoge todo lo que pasa allí dentro. Lo he pedido para seguir pensándome si inicio acciones.

Ya esta bien. No paso ni una. Ni de este ni de cualquier opinante que lo haga –opinar–, vulnerando lo que creo firmemente que se fragua con el paso de los años. Y esto es el prestigio y la honorabilidad. Es la única herencia intangible que puedo dejar y a ningún machango le permito que atente sobre tal tesoro.

Para esto he recordado una fabulosa sentencia del Tribunal Supremo y que he rescatado del Facebook del despacho. Esta viene a poner sensatez y corregir dos anteriores sentencias, una de un juzgado otra de una audiencia, las cuales se sacudieron el asunto, que es lo mas fácil y lo más frecuente en la praxis diaria –una pena–. Pero el Alto Tribunal puso cordura y dejó dicho que el derecho de defensa no ampara expresiones injuriosas entre compañeros.

Estoy acostumbrado a esto, créanme. En la praxis profesional es común el desprestigio. Hay compañeros que lo usan para captar clientes. Yo lo he visto. Opino lo contrario. Hay que prestigiar a los compañeros y con ello a esta profesión.

Entiendo que esto es muy pequeño, una isla. Y todos nos enteramos de todo. Y emprender campañas de desprestigio personal, basándose en el insulto y en las charlotadas, entre amiguetes de bodegas y estrellas pueden resultar costoso para el opinante. Que no calibra bien su espada. Ni controla la lengua. Ni tampoco a los acompañantes, que lo cuentan todo.

Un amigo japonés que suele decirme:

–Juan aquí no tienen ustedes monumento al soldado desconocido. Aquí se conocen todos.

Por terminar, tampoco quiero que los que me leen piensen que freno las críticas. Nada de eso. Pobre de aquel que no hablen de él–digo yo–, aunque sea bien. Pero que hablen. Lo que ocurre que aquí hay un combinado mordaz de lenguas que opinan sin tener ni “puñetera idea” y esa opinión roza el insulto y a lo peor atenta contra eso que llamamos hoy honor. Esta vez, el mío.

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