Hace no mucho acudía a una clínica privada de Santa Cruz, esa que está frente al Parque; hoy se llama Hospital. Nunca me ha gustado ese sitio, ni su gente, ni la atención que recibo. Lo que ocurre es que por circunstancias he caído ahí. Hoy esas circunstancias no las cuento, pero prometo hacerlo otro día.

Durante las dos horas y media –de reloj– que duró mi espera para que mi traumatólogo me atendiera  coincidí  con uno de esos  “emprendedores de la política municipal”, de esos que lo intentan y se quedan en el camino. De los que quiso ser alcalde presidente y se quedó en el intento. Primero, el pleno se lo impidió, después el otro alcalde, después el partido y por último el juez. Aunque creo que el alto tribunal le dará con el tiempo la razón, pero ya no sé si existirán ni tan siquiera los ayuntamientos. Paciencia amigo.

Al principio –este alcaldable que estaba también en la Sala de espera–  no me reconoció, pero cuando el ayudante de mi traumatólogo  mencionó   mi nombre en la sala, el aprendiz de alcalde viró la cara y me dijo:
–Ño, Juan ¿eres tú?
Y le respondí:
— Claro estimado, el mismo, con la misma  altura y más pelo.

Fue divertida la disertación mientras pasaban más de las dos horas y media de retraso a la que me sometió la enfermera. Dos horas y media. Que no se recuperan; y más que un paciente me sentí un secuestrado, pues durante dos horas y media no pude moverme de la sala. Por si me llamaban. Y tan solo una vez le pregunte al mal encarado del ayudante de mi traumatólogo, y, ¡por Dios!, no se me ocurrió volver a repetir ni una pregunta.

El caso es que lo pasé bien. A mí que me secuestren me pone. Y de esa desgracia  –de ese  hurto al descuido del tiempo–, como diría María Eugenia,  hice  virtud.  La desgracia  fue elegir ese  Hopital, “privado, oiga”. Desgracia de pasar por las manos de ese cirujano que me dejó la rodilla peor de como la tenía y desgracia de tener que aguantar los malos modos de un “calvo” malhumorado, que supongo era el ayudante del traumatólogo o cirujano, o mejor –en mi opinión–  aprendiz de implantes de ligamentos cruzados.

Pero ahora lo bueno. Volví a reencontrarme con un amigo de la facultad. El que quiso ser alcalde. Un gran trabajador. Que luchó por ser alcalde de sus vecinos. Un tipo limpio. Un tipo con ideas. Un tipo con principios. Que militó en un partido de donde lo “botaron” por hacer y ejercer lo mismo que le enseñaron. Pero que después no interesó. Y lo castigaron por avanzar. Por crecer. Por destacar.  Por hacer las cosas bien. Yo te aplaudo.

Esa espera también me sirvió para vivir en carne propia que la seguridad social privada –de ese sitio–  no vale. No sirve. No está a la altura. Ni sus  profesionales, ni su infraestructura. Esto es una opinión mía, solo mía, que no tiene por qué compartir la mayoría. Pero convencido estoy de que ya hay una minoría que se suma a esta corriente. Espabilen. Que no vale todo. Que atienden a personas. No a fichas de asegurados. Que un médico no debe espetar a un paciente que, para lo que le paga la aseguradora, demasiado hace con atenderle diez minutos. Eso es no tener vergüenza. Pienso yo.

Pero esta espera de dos horas y media me sirvió para retomar mis artículos,  para saber que mi rodilla nunca volverá a tener movilidad. Que el doctor –por favor, que no opere más– no sirve. Para saber que no vuelvo a ese centro.
Me sirvió para conocer a gente genial. Para reencontrarme con mi amigo alcaldable. Magnificas  dos horas y media que duro mi espera.

Un padre con su hijo y un brazo roto que llevaba tres horas esperando para escayolarlo. Un señor con su esposa con Alzheimer que la calmaba pacientemente mientras esperaba.

Mientras tanto, médicos de pago pasaban y paseaban por la sala, wasapeaban, hablaban por el móvil, reían con sus batas blancas abiertas, mostrándonos sus camisetas reivindicativas. Y, por todo eso, nos daban a entender que la medicina privada es la nueva seguridad social.

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