Como si una vaca criticara lo blanco de su leche o el cacao lo negro del chocolate, me sorprendió la cara dura y el cinismo cultural que dejó patentes el otro día  uno de tantos liberados sindicales de este reino, mientras leía algo en un bar y  le decía por tercera vez a la camarera cómo quería el café:

–Solo y corto,  por favor.

Otra tarea para que el nuevo Ejecutivo invirtiera mucho: en educar a los que sirven. Y desechar esa absurda idea de limitar la entrada de extranjeros. No hace falta, dejan de venir por ellos mismos. Empiecen desde abajo. Eduquen. Es la clave. Inviertan no sólo en formación háganlo en educación y modales. Busquen la fórmula. No todo vale. Ya está bien, hay que poner freno a la involución y hacerlo ya.

Pero, a lo que les contaba. Lo de la camarera se ha colado. Lo de hoy era que este caradura liberado sindical apareció acompañando a mi vecino y se sentó con nosotros. Y nada más sentarse comenzó a alardear de que él conocía  a muchos políticos y sus sueldos. Y que eso no podía ser. Este tipo es de aquellos que del donut solo ve el agujero. Luego nos ilustró con algunas experiencias personales de su apasionante vida de liberado. Que no tiene horarios, ni jefes, que las vacaciones, puentes y demás las aprovecha al máximo, ya que todo es legal y el es liberado sindical, por ley. ¡Toma!

Y yo, que conozco a este vividor del cuento y del sistema, le entré  al trapo, no pude evitarlo. Así que le expuse, clarita, mi opinión, empezando por invitarle a que se mire su ombligo y diciéndole que tiene una tremenda caradura, que lleva de liberado sindical tres lustros. Le recordé que entró de la mano de un amiguete político como personal laboral enchufado, que no dispone de estudios más que los básicos; y los no básicos, que son su baja catadura moral y el arrastrarse continuamente.

Y le recordé su paso por tres sindicatos en un periodo de  tan solo dos meses, con el único objetivo de seguir manteniendo el estatus de liberado sindical; y con esa ubre se ha quedado, ubre que no cesa de dar lácteos. Le recordé que en su vida se ha presentado a una oposición, ni  ha integrado unas listas democráticas para ser elegido como  liberado sindical y que, aún así, sigue  cobrando trienios y demás beneficios como personal laboral de una de tantas consejerías de esta comunidad autónoma. Y también le recordé que tiene las manos reventadas de tanto palmear  a  barrigas crecientes.

Le recordé  que –según vocea su  secretaria, que la tiene–  llega  a las 10 de la mañana a la sede sindical –cuando aparece–  y los otros días los dedica a tareas de acción sindical –así  denomina el escaqueo permanente– para realizar tareas propias.

No me respondió. Una pena. Ni siquiera se terminó el cortado. Lo único que cambió fue el color de su cara, antes de levantarse. Pero el caso es que su intervención, iniciar su exposición  exigiendo un cambio  en el sueldo de los políticos, me hizo intervenir con demasiado énfasis. Lo reconozco.

Le recordé lo importante que sería iniciar un  cambio sindical, que ya es hora de romper el bisindicalismo agradecido que rezuma antidemocracia, con esta ley sindical del siglo pasado, hoy  aún en vigor. Pues, en contra de lo que esta ocurriendo en el terreno político, en el sindical siguen manteniéndose privilegios de otra época y seguimos mirando para otro lado.

Es necesaria  una revolución democrática sindical. Que tal y como están las cosas deben propiciarla las instituciones. Pues el sindicalismo actual hace un par de lustros que no está en la lucha obrera y sí en la banquera. Le pedí al liberado sindical que me hiciera ver algún logro en sus quince años de trabajos en beneficio de los trabajadores. No fue capaz. Sólo recordarme los cursos de formación que ha organizado.

Sonreía mi invitado, con cara perversa, y cuando este vividor se fue, me dijo:

–Encantado con la intervención, Juan.

Y yo me quede pensando si me pasé.

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