No soy proclive al insulto. Para nada. Aunque el término  imbécil se usa y se suele emplear para eso, para insultar. En este caso yo hoy lo usaré  para destacar un comportamiento poco pertinente de personas que considero inteligentes, aunque a mi me parezcan tontos del bote. Pero eso es cosa mía. Seguro que yo a ellos les parezco algo peor. Eso es cosa de ellos. Pero no usaré el término imbécil, ni cualquier otro, para insultar. Les cuento  lo que pasó con uno sujetos que  aparecieron el otro día donde yo  estaba almorzando; si lo llego a saber no voy.

Estos sujetos les gusta hacerse notar. Aparentar que sepas que son poderosos. Que ellos mandan en el terruño. Lo gritan, lo vocean. Son  influyentes. Conocen perfectamente a qué amiguete llamar para adjudicar esto y lo otro. Aprovechan eventos para  hacer  llamadas delante del circo, tapándose la boca como si fueran entrenadores de la Champions.
A uno de ellos ya lo he visto en tres ocasiones repitiendo el comportamiento. Algunos de estos de los que escribo hoy suelen ser frecuentes en restaurantes de muchos tenedores. Son  imbéciles. El grupo del que escribo hoy, entre todos, no llegan al título de EGB, pero todos tienen cargos y nosotros las cargas de mantener el sistema.  O quizás  alguno tiene un título y ejerce de otra cosa. No sé. Son imbéciles, pero muy inteligentes y listos. Se acercaron al abrevadero político y triunfaron. Les bastó ponerse un par de veces de rodillas y ya está el futuro resuelto. Créanme que esto no cambia con las nuevas apuestas políticas.

Estos imbéciles de los que escribo hoy son los que visten las palabras con un estilo faltón, más propio de los señoritingos andaluces del diecinueve.

Y hoy me da por escribir esto, por lo que ocurrió mientras yo almorzaba. Esos imbéciles entraron. Algunos me saludaron  y  otros no.  Entraron en el reservado más VIP que tenía el local. Jaleándose y mirando; entraron los  “chachis” los “caciques” de la nueva Santa Cruz.  La  suma de los comensales la componían  esos estómagos agradecidos del poder político local, insular, autonómico y estatal. Y esto no me importa. O al menos eso creo yo, que no me importa. He asumido que esto es así. Y nunca pasa nada.

Pero lo que sí me importa, y  no me acostumbro, es la falta de respeto continuo y el talante abusador y avasallador de los imbéciles. Me es muy difícil de digerir. Nada más entrar le espetan al jefe de sala:

–¿Sabes quien soy yo?
–El que me acompaña es….que tiene…
–Yo soy amigo de …
–Y escribo en…, así que cuidado lo que nos sirves….

Lo que yo denomino la extorsión del colegueo. A mi me asquea. Mucho.

Así, con semejantes vecinos me fui antes del postre. Aunque estaban en una zona privada no podía evitar  oírlos. Y oí como le faltaban el respeto a la camarera que les servía. Esta,  dada su inmadurez, aguantó carros y carretas. Quizás porque estaba sirviendo a payasos que salen en la tele, a babosos que escriben subvencionados o a futuros “investigados” por corrupción; en suma, eran personajes con cierta notoriedad social.  El caso es que pedí la cuenta y  antes de marcharme me acerqué para despedirme de los que no me deben y pude aproveché para decirles:

–Señores, al menos aparenten vergüenza, pues asumido tengo  que no la tienen.

Y me quedé tan a gusto. Y lo hice, quizás,  por la entidad y reiteración del comportamiento,  por la puesta en escena que acompañaba a los gritos, los gestos soeces,  las palabras y actitudes provocadoras que demostraban la falta de rubor y de reparo de todos sus  protagonistas: los imbéciles. Y el colmo fue  la desconsideración y total despreocupación que sentían ante los usuarios vecinos.

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