Cuando tenía  bastantes menos años de los que hoy he vivido pasé algún tiempo en la ciudad de la estatua de la libertad. La grande –la pequeña está en Francia–. Coincidí con unas elecciones. Allí hay republicanos y demócratas. Como los de izquierdas o los de derechas. Mi prima ayudaba a uno de ellos. Allí son costumbre las implicaciones de grupos de jóvenes en las campañas, que son verdaderas fiestas. Por eso aproveché y escuché algunos mítines de un bando y de otro. Por aquel entonces estaba en liza el  fiscal  de la ciudad,  que aspiraba  al máximo galardón político, ser el jefe del mundo, el presidente de los Estados Unidos de América. Y escuché sus discursos y también los de su oponente.

Los mismos que acudían y escuchaban a uno lo hacían también con el  otro. Buscaban criterio. Soy demócrata y voy a oír las propuestas del republicano y así, al revés. Y con el máximo respecto. En los gorritos que se colocaban se leía: “Si quieres que te escuche, óyeme”.

Después era muy interesante quedarse en los debates de los grupos de oyentes. En uno de esos coros, un reputado jefe –esta vez de la policía– dijo contundentemente: “Erradicar la corrupción es pura fantasía”. Por aquel entonces yo me negué a asimilarlo como un dogma. Pero mucho tiempo después me he convencido de que esas palabras estaban cargadas de razón.

La corrupción está viva y coleando.  Y hoy me sigue fascinando el discurso de los aspirantes de este  reino a líderes de lo que toque, cómo  desarrollan afirmaciones que piensan que les ayudaran a colarse en la trona del poder.

Y, amables lectores, solo hay una forma de llegar al poder de la presidencia o del gobierno de donde sea; y esa fórmula es conseguir convencer a los votantes para que piensen que se les va a conceder los que ellos desean y solo hay que desarrollar una fórmula: decirles lo que quieren escuchar. Es decir, que oigan justo lo que quieren oír. Esa es la fórmula. No hay otra.

En esas charlas y movimientos se establecen mecanismos de estimulación mental y no hay más que ser testigos de lo que esta pasando en la actualidad. Recientemente acaban de encontrar un medicamento político que soluciona todo lo malo. Que maravilla. Yo estoy encantado. Lo cierto es que estamos predispuestos a ser corruptos o no y la elección la tenemos nosotros. Se trata ahora de elegir.

Ciertamente, el sujeto que elige un partido político para ayudar a los semejantes a mejorar su vida y su entorno tiene poco que ver con lo que establece el partido cuyas siglas representa. Y si analizamos la estructura interna de los mismos, estamos a años luz de lo que se pide para un buen gobierno, interno y externo. Por eso es lo primero que hay que cambiar.  Y así  es muy probable que los genes “corruptos”, que los hay, se detecten en esa fase, pues a los votantes se les da una primera opción de conocer al sujeto que gobernará.

Por eso, si quieres ser un buen político no pienses como tal, piensa como votante.

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