“¿Tan poco vales  como profesional que debes humillarte a esos niveles?”.

Esto oí, por casualidad, hace unos días. Cuando un consejero en funciones suplicaba un echadero para la próxima legislatura.  Y esa frase se la espetó su jefe.

Ya no hay reuniones secretas. Hoy todo se sabe y se conoce. Estamos vigilados y dentro de poco serán los drones los que se encarguen de hacerlo. No se escapa nadie. Y eso es bueno, pues tendremos opción de enterarnos de muchas cuestiones. También de  los que acaban de llegar con el pijama blanco.

Pero de este sujeto en funciones hasta pena me dio.  Qué carita se le quedó. Pero él y muchos de ellos y ellas son así. Y no les importa; a ellos y ellas les da igual. Están servidos de babas para seguir puliendo el suelo donde pasan sus señores.

Que el clientelismo y el peloteo siguen existiendo es un hecho notorio. El compadreo y el amiguete world es soberanamente descarado y brilla con luz propia por todos sitios, pero muchísimo más en esta época: la de la formación de gobiernos.

Está impregnado en todo el reino este comportamiento. Incluso en mayor medida  que la corrupción.

El babosismo. El servilismo. Los adulones exagerados, los palmeros –  entiéndase los que aplauden– son esos que  viven de rodillas a cambio de beneficios o favores  –desde mi punto de vista insoportables–. Y créanme si les cuento que  he huido de este tipo de personajes durante toda mi vida. Aunque  reconozco  que a algunos los he tenido muy cerca.  Inevitable.

Pero, desde un punto de vista histórico, los reinos tienen esto, antes y ahora. Muchos vasallos, otros plebeyos y otros pensándose reyes –reinado que les dan la urnas–. Es el territorio básico de estos pelotas y adulones. Fórmula que funciona, sin duda. Tanto en lo público como en lo privado.

Y no puedo mencionar a nadie que después de estas votaciones esté alejado del prototipo y que se pirra por un lugar donde mande más que en su casa o su garaje. Que en su comunidad de vecinos  o en su claustro.  Que en su oficina o su taller. Que en su clase de ciencias  o bar. Aunque asumo que en  el principio de todo tuvieron  unas ganas terribles de cambiar, de hacerlo mejor que el otro. Y era y es necesario. Pero el arroz se les pasó a muchos que siguen intentándolo. Y no conocen aquello de la retirada a tiempo…..  Aunque convencido estoy de que algunos lo conseguirán.  Retirarse, digo.

Y los  otros –los que entran–  harán lo que vieron a hacer.

Y esos son los que valen. Y dejen aquello  de: sin babas no hay paraíso.

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