La mayor parte  de las personas dependen del espejo social donde se miran, están condicionadas por   las opiniones, por los dimes y diretes, por lo que perciben los otros de ellos. Estarán conformes conmigo si les digo que hay que  ser consecuente con lo que dices, cuándo lo dices y cómo lo dices.  Y si hay imbéciles que no lo entienden no tienes escapatoria; te ha tocado y te aguantas.

La palabra es un instrumento magnífico y además es la única que nos posibilita  el entendimiento, pero en épocas de elecciones la utilizamos de una manera salvaje. Se usa para atacar, para proponer programas increíbles o para vender lo invendible. Pero asumido lo tenemos. Y a mí me encantan estos ciclos de cuatro años, cuando oigo y escucho aquello que con el transcurso del tiempo se olvida con tremenda facilidad.

Aunque lo que dicen,  qué dices o te dicen no debe preocuparte demasiado; ya el   refranero popular nos deja eso de  “se coge antes un mentiroso que a un cojo”, refiriéndose al que no se ajusta a la verdad y te la intenta colar. Pero prefiero lo que a este respecto dejó dicho el señor Buffett : “Solo cuando baje la marea sabremos quién estaba nadando desnudo”. Maravilloso, como diría mi amiga Cándida. Y justo hoy me quedo con eso  y me  vale  de cara a los que dicen, cuentan y hablan de lo que saben y más de lo que no saben. O de lo que harán, del cómo  lo harán y del cuándo lo harán.

Las palabras tienen valor, mucho, pero en cualquiera de los casos donde las espetes debes asegurarte  de que quien la escucha y la oye entiende o le da el valor que tú estás dictando al pronunciarlas. No es lo mismo decir:  “Te voté o te boté”; y suenan igual. Y los que nos dedicamos al mundo del verbo lo sabemos.

Si eres capaz de que los que te oyen entiendan lo que tú les dices, todo fluirá mejor, pero no siempre es así. Hay verdaderos maestros del tú dijiste,  o del que me dijeron que dijiste. A veces le otorgan más valor al escuchar  al otro decir lo que tu dijiste que tus  propias palabras. Y sobre estosdiretes el fuego más grande que he visto lo ha encendido una sola palabra, que fue capaz de transformar una bobería en  una verdadera tragedia.

Así las cosas, un día dejé escrito –no sé dónde-   que si no puedes mejorar tu silencio quédate callado  –que no es lo mío–. Callarme digo. Pues si te callas no comunicas y si no comunicas, no vale.  Lo que sí se debe es mantener la discreción, por muy elocuente que uno sea. Y escuchar mucho  –que no lo hacemos–; escuchar. Que para eso  –para escuchar– tenemos dos orejas y una boca; para oír el doble de lo que se habla.

Pero, amables lectores, hay cosas que no están a mi alcance y entre ellas  callarme o dejar de opinar y escribir. Y el día que deje e pronunciarme por las cosas que me importan, ese día, simplemente, no me importará nada. Y esto es difícil que pase.

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