Los días de futbol eran los domingos. Hoy es raro el día que no hay futbol. Entre Liga, Champions, y demás competiciones –de las que ni idea tengo– es complicado que los amantes de este deporte no gocen de magníficos enfrentamientos de 22 contra uno. Digo lo de uno porque el que realmente manda es el que se encarga de arbitrar o conciliar en el encuentro. Antes vestían un atuendo rigurosamente negro, como jueces que eran.

Pero yo soy de ese 0,1 % que no ve ni le importa este negocio. Me gustaba ese deporte. Dejé de seguirlo cuando dejé de practicarlo y viví como ejercían el negocio.  Y dejé de practicarlo  también por la edad. La edad también me hizo evolucionar y dejar de perder el tiempo en algo tan banal y nimio.

Alguna vez escucho algo de un partido, lo hago por escuchar  el énfasis de mi amigo Iván, el frater . Y  en alguna que otra ocasión le he enviado en directo algún que otro whatsapp diciéndole que no se olvide de respirar.

Pero las letras de hoy la motivan dos reflexiones. La primera que me cuestiono es: ¿qué sustancia tiene este negocio del fútbol cuando  ex miembros del Ejecutivo optan por la presidencia de estas sociedades anónimas deportivas? Qué maravilla. Y la segunda reflexión es una anécdota que  me ha venido a la memoria, de la cual disfrute con mi primogénito allá por finales de los 90.  Fue así.

Estaba el que suscribe  en un bar de Hispalis, con el chaval –justo  en la barra–, donde este disfrutaba de una “coca-cola” fresquita,  con limón y un gran plato de ibéricos. En ese momento irrumpieron en el local tres chicos musculados, con atuendos ajustados y embadurnados del éxito de creerse eternamente jóvenes. En un momento, el bar enmudeció y los camareros fueron raudos a atenderles. Dejaron todo y a todos para acudir al servicio de los tres “adonis”. Los cuales hacían garabatos en lo que parecían ser sus fotos. Nosotros – junior y yo–, estábamos a lo nuestro, es decir, disfrutando del condumio, del  plato de jamón y  después  de las gambas.

Como éramos los únicos que no rendían pleitesía al triunvirato, uno de ellos se acercó a mi chaval y le espetó:
–¡Oye!, ¿no sabes quién soy yo?

Juan lo miró y le respondió:
–No.
–¿Cómo que no? Yo soy  Fulano de Tal, jugador del Real Betis y estos amigos  que me acompañan son  Zutano y Mengano, jugadores del Sevilla F.C.
Juan –educadamente– le respondió:
— ¿Y a mí qué?

La cara de los “chulitos” la dejo para la imaginación del lector. Junto a la de los camareros del local, que fueron espectadores de la increpación al infante así como su plausible respuesta.

Y esto  y lo otro lo he recordado al ver llorar a una quinceañera por el “robo” al Atleti en su último enfrentamiento con el equipo catalán, mientras discutían en el tranvía  quién será el próximo presidente del Tete.  Yo lo sé. Y – por curiosidad jurídica– he podido comprobar en las imágenes de estos días la tremenda impunidad de estos “dioses” que, sin pulgas, no serían ni tan siquiera canes.

Mientras tanto, y ¿a mí qué?

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